HISTORIA: “BOUDICA”, LA REINA GUERRERA BRITÁNICA

Fue una heroína que dirigió a un gigantesco ejército contra las legiones romanas para liberar Britania de sus invasores aproximadamente en el año 60 d. C.. También fue en cierto modo una «madre coraje», pues se puso como objetivo vengar la violación de sus hijas perpetrada por los mismos legionarios que habían quemado su pueblo y le habían arrebatado las riquezas a su familia.

Sin embargo, Boudica fue también una sanguinaria reina que arrasó los tres asentamientos más importantes de Roma en las islas y acabó con más de 80.000 civiles (muchos de ellos, después de ser torturados y quemados vivos) antes de ser detenida por el ejército de Cayo Suetonio Paulino. Con todo, y para muchos de sus compatriotas, esta mujer es considerada como la primera lideresa que trató de hacer lo que, hace pocas semanas, logró Gran Bretaña con el Brexit: separarse de Europa (o, en su caso, liberar a su pueblo del Imperio Romano).

Primeros contactos

Para entender la historia de Boudica es necesario retroceder en el tiempo hasta casi un siglo antes de su nacimiento. Por entonces Britania, tierra de verdes campos regados por una lluvia constante, vio invadidas sus costas por Julio César, entonces leal a la República romana, allá por el año 55 a. C. El hombre que, a la postre, pasaría a la historia por acaparar el poder para sí como un dictador, movilizó a dos de sus legiones (la VII y la X) y a 80 navíos para cruzar el Canal de la Mancha y asaltar las mismas islas que, casi dos mil años después, trataría de conquistar también Napoleón Bonaparte sin lograrlo.

Los primeros días de sus legionarios en las playas inglesas fueron fructíferos y, a base de pilum y escudo, lograron disperar a las tribus defensoras. La situación no podía ser mejor para César, quien era consciente de que, si la segunda oleada de sus buques (la que portaba los víveres y la caballería) enlazaba con ellos, no habría problemas para someter a aquellos bárbaros sin ninguna formación militar.

Pero el «gozum» del César acabó en un «pozum» cuando, por culpa de las tempestades, la flota de refuerzo tuvo que retirarse a las costas galas. Así narró este suceso el mismo general en su obra historiográfica «Bellum Gallicum» (en la que hablaba de sí mismo en tercera persona): «Destrozadas muchas naves, quedando las demás inútiles para la navegación, sin cables, sin áncoras, sin rastro de jarcias, resultó, como era muy regular, una turbación extraordinaria en todo el ejército, pues ni tenían otras naves para el reembarco, ni aprestos algunos para reparar las otras».

Aquel primer contacto con los britanos dejó un sabor agridulce en la boca de Julio César quien, a pesar de no haber recibido derrotas considerables en las islas, tuvo que reembarcar a sus hombres y salir a la carrera de allí a sabiendas de que, a la larga, iba a perder una gran cantidad de hombres y provisiones.

La conquista definitiva

Los britanos demostraron, en definitiva, a Julio César que eran un pueblo duro de conquistar, pero el romano no estaba dispuesto a tener una mancha de tal calibre en su currículum, así que un año después (en el 54 a. C.) armó de nuevo a sus legiones y llamó otra vez a las puertas de Gran Bretaña. En este caso mejor pertrechado y con muchos más víveres y hombres.

El resultado fue el que cabía esperar. Incursión por allí, batalla por allá, terminó por conquistar una buena parte de Britania con sus legionarios. Aquel fue el comienzo de la sumisión y la romanización de las tribus más destacadas de las tierras de los druidas bajo la sandalia de aquellos hombres cubiertos de chapa. «Tras las conquistas de Julio César estas tribus se dedicaron al comercio con los pueblos latinizados de la Galia», explica el divulgador histórico Eugenio Maggio González en su obra «Desde el cuartel, historias de los soldados».

Este proceso culminó en el año 43 d.C. con el emperador Claudio, quien asentó los dominios del Águila en aquellas tierras y favoreció la expansión de las legiones, tal y como explica el divulgador histórico Antonio Diego Duarte Sánchez en su conocida obra «El ejército romano». En los años posteriores a la llegada de Claudio, hasta media docena de las tribus britanas más destacadas rindieron pleitesía a Roma, donde la república ya había dado paso al Imperio en el año 27 d. C.

Así fue como aquellos hombres que según dejó escrito César se pintaban «de color verdinegro con el zumo de gualda [para parecer] más fieros en las batallas; se [dejaban] crecer el cabello [y se pelaban] todo el cuerpo, menos la cabeza y el bigote», tuvieron que retirarse hasta el norte de Britania para organizar su resistencia desde allí. Todo ello, mientras una buena parte de sus hermanos se veían obligados a servir a los romanos.

Boudica, reina y madre

Boudica (también llamada Boadicea) vino al mundo aproximadamente en el año 30 d. C. en el seno de los icenos. Una tribu que habitaba, tal y como explica Maggio, la «antigua región de la Anglia del Este, en las tierras más orientales de la isla de Gran Bretaña» y que lograba mantener una relativa independencia del Imperio Romano a base de soltar dinero a los recaudadores.

Cuando Claudio llegó hasta Britania, nuestra protagonista era una niña que, como señala la historiadora Bonnie S. Anderson en su obra «Historia de las mujeres» tenía una complexión fuerte, voz áspera y cabello rojizo que le llegaba hasta las rodillas. Con apenas 18 años (o 19, atendiendo a las fuentes) contrajo matrimonio con Prasutagus, el rey de los icenos, lo que la convirtió en monarca de pleno derecho. De esta boda nacieron dos niñas. Unas pequeñas que, cuando fallecieran sus padres, no tendrían precisamente problemas económicos, pues serían herederas de la inmensa fortuna que había atesorado su padre a lo largo de los años. Una suerte, por cierto, que no tenían todos aquellos britanos que habían nacido en el seno de una familia pobre.

Y es que, por entonces la situación era asfixiante para el pueblo que vivía en las regiones dominadas por Águila Imperial debido a la estructura que había establecido Roma para regir las islas. ¿La razón? Que los britanos rendían cuentas políticas ante un presidente, y económicas ante un procurador imperial (el encargado de recaudar los impuestos). Algo que les costaba sus buenas monedas a lo largo de los meses.

Su vida era tan precaria que los miembros de las tribus solían decir lo siguiente: «Antiguamente solo estábamos sometidos a un rey; más ahora estamos bajo el imperio de dos tiranos: el presidente, que insulta a nuestras personas, y el intendente, que se apodera de nuestros bienes». Todo esto se agravaba con las severas medidas que los centuriones tomaban contra los pueblos que se retrasaban con los pagos o que, directamente, se negaban a soltar el dinero.

Muere un rey, renace una reina

La vida de esta feliz familia fue despreocupada hasta el 60 d. C., año en que Prasutagus murió creando un severo problema en lo que refiere a su herencia. ¿La causa? Que, tras su fallecimiento, los romanos se lanzaron como auténticos buitres a por el dinero que atesoraba su familia. Y ello, a pesar de que el monarca había legado antes de fallecer una buena parte de sus bienes al Emperador como tributo para evitar que le arrebatasen a su familia el resto.

«Prasatago había legado al morir la mitad de sus posesiones a los romanos y la otra a sus dos hijas, esperando con el sacrificio de una parte de su reino asegurar el reposo de su familia. Este calculo tuvo bien diferente resultado. Inmediatamente después de su muerte el procurador romano se apoderó de todos sus dominios», determina el escritor del siglo XVIII Oliver Goldsmith en su obra «Historia de Inglaterra». Las cosas, en definitiva, pintaban negras para Boudica.

Ávido de riquezas icenas, el procurador romano Cathus Decianos (llamado también Cato Deciano) envió a sus soldados a enfrentarse a los soldados de Boudica. El resultado fue desastroso para la tribu, pues los legionarios quemaron sus casas, cometieron todo tipo de tropelías con sus mujeres y capturaron a una buena parte de ellos para venderlos como esclavos. Además, cuando Boudica trató de resistirse fue desnudada y azotada delante de su propio pueblo.

Aquella vergüenza fue increíble, pero el sufrimiento que tuvo que soportar la reina fue nimio si se compara con el que tuvo que pasar cuando, como bien relata Maggio, los soldados del Águila azotaron a sus hijas y las violaron por turnos. Todo ello, por cierto, mientras ella era obligada a mirar. Algo que corrobora Goldsmith: «El pudor de sus hijas recibió en su presencia los más crueles ultrajes». El ver a sus pequeñas mancilladas hizo que Boudica tomase las armas y se uniese a varios pueblos cercanos (entre ellos los trinovantes) para plantar cara al infame enviado de las legiones. Así comenzó la guerra.

Comienza la guerra

Ese mismo año, Boudica decidió tomarse la justicia (o la venganza) por su mano y, llamó a la guerra a todas aquellas tribus deseosas de mandar de una patada a los romanos de vuelta a comer pasta a Italia. «Estas violencias bastaron para provocar la revolución general en la isla. Los icenos, interesados más que nadie en esta querella, fueron los primeros en tomar las armas, y todas las otras provincias se apresuraron a seguir su ejemplo. Boadicea, mujer de gran belleza y ánimo varonil, se puso a la cabeza del ejército», determina el escritor del XVIII.

A día de hoy se desconoce exactamente el número de soldados que logró reunir, pero las cifras rondan entre los 120.000 y los 230.000 combatientes. Aunque, todo hay que decirlo, solían combatir sin armadura y muchos no contaban siquiera con experiencia militar. Fuera como fuese, el contingente partió hacia Camulodunum (en la actual Colchester) ávido de sangre romana que derramar.

Lo que pasó en aquella ciudad fue una auténtica masacre. De nada sirvió que Deciano enviara desde Londinium (la actual Londres) 200 hombres para reforzar las defensas, pues estos fueron pasados a cuchillo por el ejército de Boudica. Tampoco ayudó demasiado la llegada de la IX Legión (la «Hispana»), cuyos 2.500 hombres (según datos del historiador Stephen Dando) fueron aniquilados en los caminos antes de llegar a Camulodumum.

Después, se inició la barbarie contra los habitantes de Camulodunum. «Los britanos de Boudica saquearon y prendieron fuego a la ciudad, así como torturaron y asesinaron a millares de prisioneros romanos. Según relata Tácito, algunos romanos de Camulodunum fueron ahorcados, mientras que otros fueron crucificados. Todos fueron sometidos a torturas con fuego. Dión escribió cómo los prisioneros romanos fueron empalados con pinchos ardientes y abrasados vivos», añade el experto en su obra «Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas».

Hacia Londres

Después de pasar a cuchillo a todos los supervivientes de la ciudad, Boudica se dirigió hacia Londres con su gigantesco ejército. En este caso, sin embargo, los romanos fueron mucho más previsores y muchos dignatarios abandonaron la ciudad para no ser pasados a cuchillos. Uno de ellos fue el mismo Deciano, quien salió por piernas viendo lo que había ocurrido en la cercana Camulodunum.

Al que se le encargo la defensa de la ciudad fue a Suetonius Paulinus (Suetonio Paulino), que andaba aniquilando pueblos rebeldes en el sur. Este, cuando recibió la orden, partió hacia Londinium. Pero al arribar a la ciudad decidió que era indefendible y dejó a los ciudadanos a su suerte. «Inspeccionó las fortificaciones de Londinium y pronto se dio cuenta de que no podría ser defendida, y a pesar de los ruegos de sus habitantes se retiró, dejando la ciudad a su suerte», explica, en este caso, Maggio.

En definitiva, y como señala el historiador del siglo XIX León Galibert, Paulino prefirió sacrificar una ciudad para salvar al resto de la población romana en Britania. «Ni los lamentos, ni las lágrimas de los habitantes que reclamaban su apoyo, le impidieron dar la señal de marcha», determina el experto. Aquellos con suficiente fuerza para portar un arma se unieron a la legión de este oficial, pero el resto, niños, mujeres, ancianos y enfermos, fueron dejados a su suerte.

El resultado fue el que cabía esperar: otra masacre. «Cuando llegaron los sublevados, mataron a cuantos se habían quedado e hicieron otro tanto en el vecino municipio de Veralamium (Saint Albans): murieron unos 70.000 ciudadanos y aliados, algunos, sacrificados a los dioses», explican los historiadores franceses Joël Le Gall y Marcel Le Glay en su obra «El Imperio romano». Boudica y su ejército, hasta entonces recelosos de combatir contra los romanos, comenzaron a sentirse lo suficientemente confiados como para atacar a las legiones.

La batalla final

Semanas después, y en vista de que Boudica había aniquilado la friolera de 80.000 ciudadanos romanos y destruido los tres principales asentamientos romanos en Britania, Suetonio, un militar experimentado donde los hubiera, decidió plantar cara al ejército rebelde.

Aunque, en este caso, él elegiría el campo de batalla: una llanura a la que se accedía tras pasar por unos estrechos acantilados. Sería su particular desfiladero de las Termópilas, pues impediría que el enemigo rodease a sus veteranos legionarios. Con todo, a día de hoy se desconoce el lugar exacto en el que se luchó a pilum y gladius contra los britanos de Boudica. Dando ofrece, en este sentido, una posibilidad en su obra: «La ubicación más probable se encuentra en las proximidades del actual pueblo de Mancetter, en la frontera entre los condados de Warwichshire y Leicestershire».

Fuera donde fuese la batalla, lo cierto es que en ella tanto la táctica romana como el lugar seleccionado para combatir al ejército de Boudica hicieron que 10.000 legionarios pudieran enfrentarse en igualdad de condiciones a un contingente de entre 120.000 y 230.000 hombres. En palabras de Tácito, el «mayor ejército que se hubiera reunido jamás».

La contienda se desarrolló en tres sencillas partes. En primer lugar, los legionarios lanzaron sus «pilum» contra aquellos guerreros sin armadura (solo llevaban un escudo) y que combatían casi desnudos. Después, la infantería logró resistir la embestida total de los bárbaros y, finalmente, la caballería del Águila rompió su formación por el flanco. Aquel día fueron 80.000 los britanos que dejaron este mundo. Los restantes fueron hechos prisioneros o huyeron. Sobre el destino de Boudica existen varias teorías. Unos afirman que murió en batalla. Otros, que se suicidó posteriormente.

Ricardo Robaina Mederos

~ por ramrock en julio 14, 2016.

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