EL SEPULTURERO.

Traía en la sangre el carácter corrupto. Su padre había sido un as del fraude y por ello había muerto. Limpió un pequeño banco rural mediante artimañas contables, y huyó con su mujer a San Antonio cuando le pareció que estaban por atraparlo. Poco hábil para eludir la acción de la justicia, fue sorprendido una tarde a las afueras de su casa por ejidatarios descontentos. Lo desnudaron, lo colgaron por los tobillos de una rama y, tras propinarle un sinfín de latigazos, aderezaron sus heridas con jugo de limón. Los campesinos recibieron santo y seña sobre el paradero de sus ahorros robados, pero ello no los disuadió de consumar el linchamiento. Untaron brea en el cuerpo sangrante y le prendieron fuego. Se dispersaron al ver las patrullas que se acercaban, y que habían sido llamadas por Rayo, la esposa del desafortunado. La persecución produjo un solo capturado; los otros, con sabuesos pisándoles los talones, lograron cruzar el río y esconderse aquí y allá. Los paramédicos bajaron el cadáver del linchado y lo declararon muerto. Rayo trató de impedir que Galán viera los despojos de su padre, pero el niño contempló la masa calcinada, humeante, una imagen que se grabó en su memoria para siempre. También presenció el funeral. Le fascinó la gran caja donde yacía su padre, y admiró la pericia con que el enterrador, un viejo correoso infestado de arrugas, dispuso el ataúd en el fondo de un hoyo y lo cubrió de tierra a paletadas.

Rayo volvió a México, a la ciudad fronteriza donde había conocido a su fallecido amor. Galán extrañó San Antonio hasta que se propuso vengar a su padre, quien les había dado una vida que, aparentemente, no recuperarían con facilidad. La barbarie de los campesinos no permanecería impune. Si la policía no había hecho nada porque el delito se había cometido en el extranjero, sería preciso pagar con la misma moneda. Galán contaba quince años cuando dejó la escuela y se sumó a una partida de cosechadores de sorgo. Los extensos campos fueron su hogar durante dos meses, en cuyo transcurso trabó amistad con la mayor parte de sus colegas. Su fin era recabar información que lo llevara a los asesinos de su padre. Poco a poco se enteró del paradero de casi todos, y la adrenalina lo sometió al darse cuenta de que algunos de aquellos canallas se codeaban con él. Como su debut en el mundo adolescente lo había aproximado a barrios donde imperaba el narcotráfico, al punto consiguió una AK-47 y dos granadas de mano. Destinó una noche para masacrar a los campesinos; a la luz del plenilunio cazó a doce miserables que rogaron por su vida antes de caer barridos por la metralla, y encendió fuego a la cosecha para que las llamas envolvieran a los que corrían y calcinaran los cadáveres regados a sus pies. Huyó en una camioneta robada, que hundió discretamente en el río Bravo junto con el arma homicida.

Rayo se enteró de la desgracia y pensó que su hijo había muerto. Inquirió con las autoridades, quienes la dejaron examinar restos inidentificables. Se resignó a no ver por última vez la cara de su hijo y volvió a casa, donde dio un respingo al hallar al supuesto desaparecido en la cocina, descamisado y bebiendo cerveza. La expresión de Galán le dio a entender por qué había logrado salvarse. Tragó saliva y se retiró a su cuarto, donde rezó fervorosamente por que los campesinos no vinieran a quitarle ahora a su hijo. Pero nada pasó, salvo el tiempo. Galán alcanzó dieciocho años de edad y cobró una reputación temible en barrios decadentes. Se entregó al tráfico de drogas y empezó a conducir una pick up cargada de armamento para abastecer a cierto cártel; entonces, una madrugada fue interceptado por la policía y no logró preparar a tiempo sus armas. En la cárcel lo visitó un abogado al servicio de ciertos barones de la droga, quienes le mandaban decir que le convenía callar respecto de las actividades que le habían costado la libertad. Galán comprendió y soportó diversas torturas. Por fin, hartos de conformarse con el cuento de que las armas eran de propiedad particular y que habían sido adquiridas para la defensa doméstica, el reo fue soltado. Galán regresó a casa y halló muerta a su madre, abierta en canal dentro de la bañera. Los narcos no habían querido correr riesgos. El huérfano entendió que tenía la opción de vengarse de aquellos sádicos, pero la seguridad de que no serían víctimas tan fáciles como los campesinos lo hizo olvidar el asunto. No tenía dinero para sepultar a la muerta, así que la cremó en el horno de la casa, pulverizó las cenizas y las arrojó al viento una noche lluviosa.

Sobre su casa pesaba una hipoteca, cuyas mensualidades no se pagaban desde hacía tiempo. La visita de un funcionario bancario bastó para que Galán decidiera mudarse. Vagó un día por las calles antes de entrar en una cantina donde se solicitaba un mesero. Se entrevistó con el dueño y pasó por alto su historial delictivo; el empleador se quedó con la imagen de un joven deseoso de superarse y lo contrató. Galán sirvió bebidas el tiempo suficiente para conocer a Lori y meterse en problemas con el dueño. Una noche, tras barrer el sitio, Galán se acercó de puntillas a la caja y trató de vaciarla, pero lo sorprendió una alarma hipersensible que el mañoso dueño había instalado para esas eventualidades. El ladrón frustrado eludió un escopetazo brindado por su empleador e inició una trifulca con él; llovieron los puñetazos para ambos bandos, pero la tenacidad del contrincante joven derrotó a la furia del viejo. Galán estrelló dos sillas en la cabeza del oponente y salió por una ventana, de forma tan espectacular que los policías que se habían congregado afuera quedaron boquiabiertos. Persiguieron un rato al prófugo, y al fin, cansados de no dar con él y habida cuenta de que no había robado ni un peso, lo olvidaron.

 

Galán se refugió en casa de Lori. Ella estaba encantada con él. Siempre había adorado a los mexicanos, pero nunca había conocido a uno que la tratara como cualquier compatriota enajenado por el sexo. Galán no tenía más límite que el cansancio. Abusaba de Lori de todas las formas posibles, entre las que destacaba el juego de los insectos enfrascados, y luego, rendido por la fatiga, se echaba junto a la mujer y le pedía que le contara cosas. Ella, cuajada de moretones y piquetes de arañas, narraba detalladamente su vida en Nueva York, a merced de sus primos, quienes la violaban una vez al día. Cuando aquellos miserables acabaron encarcelados por haberse sumado a una comunidad de pedófilos recalcitrantes, ella tuvo que procurarse el sustento como pudo. Era tan bella que al punto descubrió su fortuna como prostituta; se convertía en leyenda en el centro de Manhattan cuando un cliente texano, gordo, con bigote de aguacero y acciones en la industria del petróleo, la invitó a vivir con él en su terruño. Lori lo dejó todo y siguió a Don —el texano— a una linda mansión, donde había una esposa esperando a su marido. Sobrevino un lío y las influencias de aquella mujer produjeron que la recién llegada pasara un rato en prisión. Luego quedó libre y sin dinero; volvió a la prostitución y se dejó llevar por un chihuahuense que se hartó de ella en Ciudad Juárez. Como Lori no quisiera sumarse a las muertas regadas por la ciudad, se marchó pidiendo aventón y acabó de mesera en una cantina, donde se enamoró de Galán y se prometió seguirlo para siempre.

Aquellas historias dormían a Galán. Roncaba hasta que los rayos del sol le daban en la cara. Entonces se levantaba, hacía suya a Lori y bebía cerveza para espabilarse. Al día siguiente de la refriega que sostuvo en la cantina, le dijo a Lori que ambos tendrían que hallar otra fuente de trabajo. Ella se dispuso a obedecer, de modo que Galán caviló un instante y resolvió usarla de ama de casa por un rato. Algunos contactos le permitieron entrar en una ferretería, donde despachó sin ánimo a gente que empezó a quejarse con el dueño del establecimiento. Finalmente, como siempre sucedía, Galán se metió con la caja registradora bajo la lente de una cámara de seguridad. Su jefe le dio a escoger: o retirarse previa disculpa o soportar los tratamientos policíacos. El delincuente prefirió la primera opción, se largó sin tardanza y visitó a un viejo amigo que tal vez lo ayudara a recuperarse. El amigo lo condujo ante un funcionario de la aduana, quien tomó en serio la recomendación para pagar un favor recibido hacía tiempo. Galán fue contratado, se le destinó un escritorio y se le explicaron sus funciones, que debería cumplir vestido con un uniforme color caqui. El flamante empleado se sintió orgulloso de haber conseguido un trabajo en tan poco tiempo, y al punto caviló sobre cómo triplicar el rastrero sueldo que le habían designado. Lori felicitó a su hombre, le dijo que su uniforme la excitaba y se le entregó para celebrar el acontecimiento. Galán la ató a la cama, la sodomizó y, por último, le puso en la espalda una cucharada de chocolate, junto con dos cucarachas que encerró bajo un frasco. Observó los movimientos de aquellos insectos y se excitó oyendo los gemidos de Lori, cuyo terror hacia las alimañas databa de la niñez. La idea de que algún bicho le perforara la piel y acabara en sus entrañas le destrozaba los nervios. Pero a Galán le gustaba hacerla sufrir, y se complacía en ahondar sus miedos en beneficio de su propia tranquilidad.

Pasó lo de siempre. Gente que rehusaba declarar ciertas cosas se coludió con Galán para que nadie levantara la voz. El funcionario corrupto recibía a los sinvergüenzas y, sin decir palabra, abría un cajón del escritorio, donde caían sobres repletos de dólares y alhajas auténticas. Falluca y drogas entraron en México gracias a Galán. La administración empezó por sospechar de él, y finalmente echó a andar una estratagema que rindió los frutos esperados. Un policía vestido de civil encaró a Galán y lo movió a realizar su habitual corruptela. En cuanto una placa salió a relucir, el delincuente se abrió paso a codazos y llegó hasta la salida, donde media docena de agentes lo sometió a punta de pistola y de cachiporrazos. Galán recobró el sentido en la cárcel; fue enjuiciado con rapidez y sentenciado a disfrutar la sombra durante casi dos décadas.

Lori equiparó la suerte de su amante con el fin del mundo. Se sintió desamparada, y a punto estuvo de perder la razón cuando supo que esperaba un hijo. Como al visitar a Galán lo hallaba con cara de pocos amigos, calló lo del embarazo, pero tras cuatro meses el propio recluso hizo preguntas. Se puso violento al suponer que Lori se había entregado a otro, pero la intervención de dos guardias y los juramentos de la mujer lo convencieron de que pronto sería padre de familia. Lori sólo quería saber cómo subsistiría sin la ayuda de su hombre.

—¿Acaso estás tullida o algo así? —bramó Galán—. ¿No eres capaz de conseguir trabajo?
Aquel tono de voz era severo y burlón a partes iguales. Lori lloró por su causa, y con tal de evitar otros comentarios aseguró que se las arreglaría para salir adelante por cuenta propia.
—Más te vale —dijo él—. Cuando salga de aquí, querré ver a mi hijo esperándome a las puertas de este agujero. ¡Si te atreves a irte con otro, te buscaré hasta encontrarte…!

Una cachiporra acalló sus alaridos. La visita había terminado. Lori se fue sin saber qué haría. En su casucha ojeó un periódico; los anuncios clasificados demandaban personal femenino instruido, no chicas crecidas al amparo de la depravación y la falta de reglas. Sólo un anuncio resultó prometedor. Lori llamó e hizo una cita para el día siguiente. Hablaría con la dueña de un pequeño salón de belleza, donde se necesitaba a una criada. Para eso no hacía falta ni saber leer.

Galán intentó acostumbrarse a su vida de reo. No era aquélla la primera vez que residía en una prisión, pero jamás le habían tocado instalaciones tan truculentas. Pensar que pasaría años en condiciones infrahumanas lo enloquecía paulatinamente. Compartía la celda con un chicano rarísimo, que le hablaba sin cesar a una estampa percudida donde figuraba un presunto santo. Galán lo toleró algunos meses, hasta que se hartó de escuchar a diario las mismas retahílas salpicadas de fragmentos de oraciones y otras incoherencias. Aguardó que el chicano se durmiera y le robó la estampa, que rompió en pedazos cuyo destino fue el retrete. A la mañana siguiente, el chicano sufrió un colapso nervioso y atentó contra Galán, quien se defendió a puñetazos. Dos guardias los separaron. El chicano, inconsolable, acabó en la enfermería, con el rostro amoratado y las cejas rotas. Le daban puntadas cuando vio de refilón un escalpelo. Nadie lo vio tomarlo y fue tarde para impedir que se lo clavara en el corazón. Galán fue culpado del incidente, pero su sentencia no fue incrementada. El asunto se consideró una típica reyerta entre internos y se olvidó a la larga.

Sin embargo, el brutal reo volvería a compartir la celda, ahora con un liberiano renegrido llamado Craig. Era tranquilo. Prefería no meterse con nadie con tal que le redujeran la sentencia por buen comportamiento. Galán lo encontró más soportable que el chicano y entabló con él una estrecha camaradería. Con el tiempo, las pláticas entre ambos fueron particularmente instructivas para Galán. Se enteró de que Craig había pasado años en Haití, de donde había salido por piernas para evitar que lo convirtieran en zombie, preludio a toda una vida de esclavitud en una plantación. El arte arcano que permitía criar muertos vivientes fue sólo una de las cosas que Craig aprendió en aquel país; llegó a dominar otros ensalmos sumamente efectivos. Cuando Galán le propuso que invirtiera sus conocimientos mágicos en sacarlos del muladar donde languidecían, Craig respondió que nunca había podido dañar ni a una mosca.

—Soy hombre de paz —dijo—, y te repito que debo portarme bien para estar menos años aquí.
—Yo no tengo tanta paciencia, Craig. Necesito tu ayuda. ¿Qué se necesita para convertir a alguien en zombie?

El negro pecó de ingenuidad. Detalló el procedimiento sin sospechar que su compañero pretendía usarlo como conejillo de indias. Galán, por carta o en persona, encargó a Lori que consiguiera diversos ingredientes a cuál más estrambótico. La chica, cerca de dar a luz y agobiada por la carga de trabajo, gastaba lo poco que ganaba en los mejunjes que le solicitaban, y los introducía en prisión tras sobornar a un par de guardias. Fueron formidables los juegos de manos con que Galán adulteró la bebida de Craig, quien no se quejó para evitarse sinsabores. Ingirió varias dosis de una rara sustancia antes de perder el juicio. Si había distintas categorías de zombies, él se inscribió en la de los violentos. Una mañana, mientras los internos erraban por el patio, se dedicó a babear, lanzar alaridos y atacar a quien le quedara a la mano. Arrancó una oreja y una nariz, y estaba por aferrar a un enano de ojos saltones cuando lo abatieron a tiros. Cubierto de orificios sanguinolentos, se aquietó al fin; los paramédicos evitaron formalidades y lo sepultaron enseguida, en un terreno miserable ubicado a las afueras de la prisión. Galán quedó maravillado y se dispuso a trastornar a los guardias para que nadie le impidiera escapar.

Mientras él planeaba cómo disolver su pócima en la comida de los guardias, Lori pujaba para expulsar a un niño. Se hallaba en el trabajo cuando le sobrevinieron los dolores del parto. Las clientas del salón se enternecieron y movieron influencias para que la parturienta diera a luz en una clínica. La ayuda fue efectiva y la madre alumbró en condiciones saludables. Tuvo un niño rubicundo, muy pesado para un recién nacido. Lori lo cargó y, bañada en lágrimas, se juró que sería una madre ejemplar, lo que entrañaba anteponer las virtudes a las pasiones. En cuanto terminó de convalecer, visitó a Galán y le presumió a su hijo. El delincuente lo encontró hermoso y pidió que le permitieran cargarlo. El permiso fue denegado, y de las discusiones subsiguientes obtuvo un surtido de patadas. Lori estrechó al niño contra su pecho y se fue, sollozando.

Galán supo cómo salirse con la suya. Empeñado en regenerarlo, el director de la prisión arregló que lo metieran en un curso de repostería. Al principio, el reo se negó a aprender, pero cuando lo dejaron solo para preparar la masa concibió un tremendo plan. Elaboró el inmenso pastel con que los internos obsequiarían al director el día de su cumpleaños. Entre reclusos, guardias, enfermeros y personal administrativo, el patio se llenó. El director probó el pastel y le pareció bueno, aunque un poco amargo, y se remangó antes de partir tantos pedazos como fuera posible. Galán se limitó a observar, y al rato quedó maravillado y horrorizado, atestiguando los cambios que se operaban en quienes degustaban su obra. Reinó la confusión a causa de las bestias. Se atacaron unos a otros, la sangre comenzó a esparcirse por el suelo. Galán eludió a un enajenado que ansiaba sacarle los ojos y alcanzó una torre de vigilancia, donde un solo guardia se había perdido un trozo de pastel. Galán se le echó encima, le arrebató el rifle y un manojo de llaves y desanduvo sus pasos, dejando al desafortunado a merced de un par de brutos antropófagos.

Galán repartió balazos en su camino a la puerta principal, que abrió no tanto gracias a las llaves como a la suerte. Cerró tras sí y se echó a correr bajo el cielo crepuscular, mientas allá atrás evolucionaba una matanza demencial entre seres semihumanos, que acabaron despedazándose antes de que el problema llamara la atención. En casa, descamisado y bebiendo cerveza, Galán se puso a ver un noticiero, y entonces notó las consecuencias de su fatídico plan. Se sintió aliviado porque nadie lo acusaría, y aun supuso que lo considerarían muerto, acaso devorado por los demás, de modo que sin duda no sería buscado. Tal fue el relajamiento que le sobrevino, que se durmió inadvertidamente. Abrió los ojos al escuchar que tocaban a la puerta; como era improbable que Lori hubiera olvidado las llaves, debía de tratarse de un visitante no deseado. Galán se armó con un cuchillo y se acercó a abrir. Abrió la boca para gritar, pero ni un solo ruido salió de su garganta. Vio a Craig en el umbral, cubierto de gusanos de pies a cabeza y con los ojos inyectados en sangre. Despertó sobresaltado y dejó escapar un grito. Seguía echado en el sofá, y ahora escuchó que alguien abría la puerta. Pálido y tembloroso, intentó correr hacia cualquier parte, pero el horror lo dejó inmóvil. Se calmó al ver a Lori.

Galán tuvo que contarle lo que había pasado y Lori le juró que por nada del mundo lo denunciaría. Acordaron vivir en paz de entonces en adelante. Él trabajaría en algo que no despertara su avaricia y ella se dedicaría a cuidar al niño. El día en que Lori renunció al salón de belleza, Galán fue contratado para reemplazar al antiguo sepulturero del pueblo, quien había contraído una infección al disponer de varios cadáveres traídos de la prisión. Galán no se ocuparía de enterrar cadáveres mordisqueados y malolientes. Con el paso del tiempo se limitó a enterrar ancianos, drogadictos infartados y niños muertos al nacer. Era una labor poco redituable, pero que demandaba una dedicación que la volvía noble. Galán comenzó a sentirse una especie de ciudadano modelo, designado para hacer un trabajo benéfico para la sociedad. Aprendió a resistir la tentación de cometer tropelías y se encariñó con el cementerio, a grado tal que combinó sus funciones de enterrador con las de jardinero y grabador de lápidas. Le fascinaba descansar en una de éstas al atardecer, al amor de un cigarrillo y el frescor del viento. Luego, cuando la noche se cernía, encendía un quinqué y hacía una ronda entre las tumbas. Cuadro tenebroso. Se detenía de cuando en cuando para recoger gusanos y encerrarlos en un frasco.
Es que Galán retomó la costumbre de aprovecharse de Lori. Su rechazo al delito no había incluido olvidar el sufrimiento que siempre le había gustado infligir a su mujer. En cuanto Oriol, su hijo, se quedaba dormido, retorcía un brazo de Lori para sujetarla a la cama, y luego de poseerla la colmaba de gusanos y tierra del cementerio. Las bestezuelas hacían su labor típica, pretendiendo devorar aquella piel hasta dejar los huesos al descubierto. Amordazada, Lori sólo podía gemir rabiosamente, tratando de conmover a Galán. Era inútil. Él decidía cuándo suspender su manía, a fin de impedir que algún gusano penetrara donde no debía. La persistente costumbre de Galán hizo que Lori pensara en abandonarlo; se negaba a que Oriol aprendiera prácticas viciosas, preludio a una vida consumida entre crímenes y visitas a prisión, como había sido la de su padre. Mientras afinaba detalles de su plan de evasión, notó que Galán cambiaba, aunque no para bien. Era evidente que perdía la razón a marchas forzadas. Se habituó a verlo pálido, temblando, con la boca entornada y la respiración arrítmica. Tenía miedo.

No era para menos. Las visiones de Galán se habían incrementado. Ya no estaba solo en el cementerio. Craig reapareció, pero ya no en una pesadilla. Enfrentó a Galán y quiso decirle algo, aunque de su boca sólo brotó una ristra de sonidos inarticulados, combinada con salivazos y gusanos masticados. Galán corrió lanzando gritos, tropezó con una lápida y se golpeó la cabeza al caer. Se recuperó del desmayo y se vio en medio de tinieblas. No sabía dónde estaba el quinqué, así que anduvo braceando hacia donde dejaba sus herramientas de trabajo. En el transcurso de su vagabundeo, sintió que lo tocaban y empujaban, y oyó otros galimatías, pronunciados por más de una persona. Cuando al fin encendió el quinqué, lo paseó a su alrededor y la mortecina luz puso ante sus ojos las figuras putrefactas y agusanadas de sus antiguos compañeros de la prisión. Incapaz de hablar, dio un paso al frente y cayó sin sentido. Despertó y notó que era de día. Estaba solo, pero no pudo dudar que la víspera había tenido una experiencia real, no un sueño. Durante días fingió que todo estaba bien; siguió mancillando a Lori y cavando tumbas, tratando de convencerse de que sus nefandas visiones se extinguirían tan repentinamente como habían aparecido. Finalmente, tras una noche donde los espectros lo asediaron con singular tesón, se dedicó a exhumar las tumbas de los antiguos habitantes de la cárcel, para cerciorarse de que alguna vez los habían inhumado. El problema fue que un cortejo, listo para dar el último adiós a un prominente personaje local, pilló al demente en sus actos profanadores. Las autoridades se presentaron y no pudieron calmar al hombre por las buenas; dando mandobles con la pala, Galán trató de repeler el avance de los policías, a quienes veía bañados en gusanos. Fue necesaria una bala para apaciguar al loco. Su cuerpo, cuya cabeza lucía ahora un agujero de notable diámetro, fue enterrado en un rincón, sin lápida.

Lori se enteró de lo sucedido y resopló. No pasaría más noches espantosas. Comenzó una vida tranquila, trabajando como cocinera en una casa y cuidando que Oriol creciera como un niño normal. Lo alentaba a estudiar, relacionarse con niños más o menos tranquilos, asistir a misa domingo a domingo y evitar el cementerio. El muchacho creció en paz, descolló en los estudios y, cuando terminó la preparatoria, decidió convertirse en ingeniero. Le parecía una noble profesión. Su madre esperó que estudiara la carrera en la universidad local, pero él había diseñado otros planes: viajaría a la capital para asegurarse mejores oportunidades de trabajo. La separación fue desgarradora para Lori; se calmó apenas al escuchar la promesa de que sería visitada tan frecuentemente como fuera posible. Oriol hizo el viaje con un amigo; ambos rentaron un departamento diminuto y empezaron a adaptarse a la vida de la megalópolis. Combinaron el estudio con el esparcimiento y consiguieron sendas novias. La de Oriol se llamaba Virginia, y era tan conservadora que desde el principio exigió conocer a quien, con suerte, acabaría siendo su suegra. Oriol no tuvo inconveniente y prometió que en su próximo viaje al norte iría acompañado. Mientras se acercaba ese momento, empezó a recibir cartas desalentadoras. Al parecer, Lori había enfermado por culpa de la soledad; no podía concebirse otra causa, dado que físicamente parecía estar bien. Las cosas que escribía se antojaban salidas de una mente deteriorada. ¿Podía creerse que recibía visitas nocturnas de alguien que ya no podía visitar a nadie? Oriol lloró al concluir que su madre había enloquecido. Habló con Virginia y le dijo que aún no viajarían juntos, pues él quería encargarse a solas de asegurar el bienestar de su madre. Desoyó las protestas de la otra y partió.

No pudo haber imaginado lo que encontraría. Lori siempre había sido discreta respecto del estilo de vida a que Galán la había sometido. Oriol llegó a la vieja casa y la encontró decadente. No había sido adecentada desde hacía meses. Era obvio que la enfermedad se había adueñado por completo de la ocupante. Oriol se encaminó al cuarto de Lori, entró cautelosamente y fijó la vista en la cama. Ahí estaba ella, tendida cuan larga era, con los ojos cerrados y cubierta hasta el mentón por una manta. Oriol trató de despertarla verbalmente, pero no obtuvo respuesta. Tocó una frente helada, y al querer percibir una respiración retrocedió espantado. Empezó a llorar. Se sentó en una silla y contempló la mórbida escena. Entonces le pareció que se había equivocado, que su madre vivía. Sí, debía de querer sacar una mano para estrechar la de su hijo. El movimiento de la manta no dejaba lugar a dudas. Oriol se acercó ansiosamente y descubrió el cuerpo de su madre hasta la cintura. El horror sustituyó a su esperanza.

Del cuello hacia abajo, el esqueleto de Lori había sido totalmente descarnado por miles de gusanos famélicos.

 

AUTOR: Underhersoles

~ por ramrock en enero 31, 2011.

Una respuesta to “EL SEPULTURERO.”

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